El cemento lleva formando parte de nuestras vidas desde hace más de 8.000 años cuando empezaron a fabricarse pequeños ladrillos de este material en Siria y el valle del Jordán para construir tanto edificios como infraestructuras civiles.

Siglos después, serían los romanos quienes perfeccionarían y elevarían su uso hasta convertirlo en arte, llegando a construir con él uno de los mejores edificios jamás levantados, el Panteón de Agripa (113-125 AD), aún hoy la cúpula de hormigón sin apoyos con mayor diámetro en su base.

Su uso se volvería a extender a comienzos del Siglo XIX, haciéndose imparable su crecimiento a lo largo del XX, donde triplicó su uso de la década de los ´50 a los 90 y lo cuadriplicaría de los ´90 a la actualidad. Aunque en los últimos años su desarrollo se haya estabilizado, su importancia es tal que figura como el segundo recurso más usado por el hombre solo por detrás del agua.

China ha sido el país que más cemento ha estado usando durante los últimos años, llegando a producir más toneladas de este material durante el periodo de 2011 a 2014 que todo el usado por Estados Unidos durante el Siglo XX.

Pese a la importancia que ha tenido para el desarrollo humano, la fama del cemento no siempre ha sido la mejor aunque quizás no por los motivos adecuados. Se han escrito millones de artículos, libros y ensayos criticando el sentido estético de las obras construidas con este material en la segunda mitad del Siglo XX (tras la Segunda Guerra Mundial), y pocas cosas quedan por decir sobre el estilo que lo elevó a su máximo exponente, el Brutalismo.

Pero si esto no dejan de ser, o al menos parecer, meras discusiones estéticas, un problema mucho más real y preocupante está pasando de soslayo: el cemento es el responsable del 8 % de las emisiones totales de CO2 en el mundo, según un informe de Chatham House.

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Si el cemento fuese un país sería el tercero más contaminante, solo por detrás de China y Estados Unidos, emitiendo más dióxido de carbono a la atmósfera que el combustible de aviación o la agricultura.

Por todo eso, reducir las emisiones de CO2 por tonelada de cemento usada debe ser uno de los objetivos en orden de cumplir las metas fijadas en el Acuerdo de París. Dicho Acuerdo, adoptado en diciembre de 2015, establece que se debe “mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático“.

Para lograr dicho objetivo se estima que es necesaria una reducción del 16 % de las emisiones globales de CO2 para el año 2030.

La industria del cemento ya se ha puesto manos a la obra y está logrando ciertos progresos en campos como la eficiencia energética; reduciendo las emisiones un 18 % por tonelada en la última década gracias a dejar de quemar combustibles fósiles durante su producción; o desarrollando nuevos tipos de cemento que usan ciertos tipos de bacterias para fabricar “ladrillos de biocemento” o que, como ya contamos en iKonstrucción, son capaces de captar y absorber CO2.

En definitiva, reducir las emisiones contaminantes en orden de frenar – o al menos estabilizar – el cambio climático es un objetivo global. Y el cemento, el material de construcción más usado por el ser humano, debe ser tan partícipe de la lucha como cualquier otro campo.

La producción de cemento en Andalucía se estanca en el mes de octubre, con un descenso del 70 %

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