El John Fitzgeral Kennedy es el último portaaviones en ser incorporado a la armada estadounidense. Forma parte de la familia Gerald R. Ford, la clase de portaaviones que vino a reemplazar a la actual Nimitz, y es el barco más caro de la historia.

Como periódico líder del sector del mercado eléctrico que es iElektro, no vamos a pararnos en su capacidades armamentísticas o de despliegue sino a hablar de la parte más interesante del buque: su sistema eléctrico.

El papel de la electricidad en el barco más caro de la historia

El motor

Quizás la palabra “motor” se queda un poco corta para describir lo que tiene el CVN-79 en su interior. Si sus predecesoras usaban para propulsarse un reactor nuclear doble tipo A4W capaz de generar 200 MW de potencia, los Gerard R. Ford montan un doble reactor tipo A1B que triplica la potencia del anterior hasta los 600 MW.

Este aumento de la potencia del barco no es un capricho de sus diseñadores sino que es necesaria para nutrir de electricidad a la ingente cantidad de nuevos sistemas electrónicos equipados, entre los que destacan las catapultas electromagnéticas, los cañones tipo “raigun” y las armas basadas en láseres de alta intensidad.

 

Las catapultas electromagnéticas

Tecnológicamente hablando, los sistemas de catapultas electromagnéticas (EMALS) que permitirán a los cazas despegar desde las distintas partes del barco, son el mayor avance con el que cuenta el USS John F. Kennedy, junto al sistema de detención de esos mismos aviones.

En las series anteriores, toda la energía necesaria para ambos procesos seguía un sistema “convencional” de calentado de agua y propulsar con el vapor generado las catapultas. El problema de este sistema es que necesitaba de grandes desaladores que no solo gastaban energía a su vez sino que ocupaban un gran espacio.

Por su parte, las catapultas EMALS (Electromagnetic Aircraft Launch System) basan su funcionamiento en la utilización de un motor lineal de inducción; que no es otra cosa que un motor eléctrico de inducción convencional, pero que en lugar de conseguir que un rotor gire sobre su eje, logra un desplazamiento longitudinal.

Con 91 metros de largo, son capaces de lanzar un peso de hasta 45.000 kilos a una velocidad de 240 kilómetros por hora (130 nudos). El problema es el enorme coste energético necesario en apenas tres segundos de actuación – muy superior a la que puede producir cualquier otro barco.

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Para hacer esto posible no solo necesitas un doble reactor nuclear como el anteriormente mencionado sino grandes acumuladores de energía que puedan darte toda la potencia requerida por las EMALS.

Estos acumuladores a su vez funcionan mediante un sistema cinético de cuatro volantes de inercia que acumulan toda la energía en 45 segundos y la liberan en 3 segundos. La energía cinética se transforma en eléctrica en los alternadores y se transmite al motor de inducción lineal gracias a un cicloconvertidor, de tal manera que solo se va alimentando y energizando la parte del raíl donde en ese momento se encuentra el carro de empuje o, consiguiendo de esta manera el desplazamiento lineal y controlado del carro.

El que las catapultas EMALS funcionen mediante un sistema eléctrico te otorga una serie de ventajas sobre sus predecesoras: son mucho más seguras y te entregan todo su empuje desde el primer momento y de manera constante – aunque esto no está tan bien visto por unos pilotos acostumbrados a una aceleración más profresivas.

 

El (elevadísimo) precio de la innovación

El problema es que todos los prototipos y “modelos 0” de un producto suelen ser muy caros a causa de los sobrecostes causados por el “prueba y error”. Y cuando hablamos de un barco que comenzó su construcción en el año 2009 bajo un presupuesto de 10.400 millones de dólares, las cifras son simplemente absurdas: el USS Gerald R. Ford  será entregado con un retraso de, como mínimo, 4 años – su primer despliegue estaba fijado para el pasado 2018 y hasta 2022 no se espera que deje el dique en el que ha sido ensamblado, y con un coste total de 13.000 millones de dólares que saldrán del bolsillo de todos los norteamericanos.

Ahora, muchos de ellos miran esta infografía y se preguntan si realmente era el mejor uso que se le podía dar a ese dinero.

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