El principal palo en las ruedas del desarrollo de las energías renovables es la poca capacidad de almacenar la energía obtenida mediante fuentes renovables que tenemos en la actualidad. El viento, el Sol o las mareas, por ejemplo, son medios completamente irregulares, por lo que gran parte de la energía generada se acaba desperdiciando.

En la actualidad estamos viviendo un proceso en el que los grandes mercados del mundo están optando cada vez más por descarbonizar su proceso de generación eléctrica, apostando de una manera fuerte y clara por las energías renovables en detrimentos de otras igual de descarbonizadas pero aún más eficientes y regulares como la nuclear.

Así, según varios estudios de los que ya hemos hablado con anterioridad en este periódico, tanto la generación eólica como la solar aumentarán hasta alcanzar casi el 50% de la generación mundial para 2050. NEO 2018 prevé una inversión global de 11.500 b$ en nueva capacidad de generación de energía entre 2018 y 2050, de los cuales 8.400 b$ se destinarán a energía eólica y solar y otros 1.500 b$ a otras tecnologías también descarbonizadas como hidráulica y nuclear.

Por todo ello, ser capaces de fabricar baterías que almacenen grandes cantidades de energía cuando el ciclo de generación es elevado para poder usar la misma cuando este se estanque, debería ser el principal foco de investigación en el sector, dado que los momentos de mayor generación rara vez coinciden con los de mayor demanda.

Los desarrolladores trabajan en la búsqueda de una solución económica para el almacenamiento de energía eléctrica. Una vía que permitirá sacar mayor partido a las intermitentes energías renovables. El principal problema es que sobre todo en grandes instalaciones, el coste se dispara con las actuales baterías de litio.

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Una de las alternativas es un sistema casi tan viejo como las propias baterías. El cloruro de níquel y sodio.

Este avance es decisivo, porque por primera vez en medio siglo, este tipo de batería, cuyas ventajas incluyen estar hecha de materias primas baratas y abundantes, poseer características operativas muy seguras (minimizando así el riesgo de accidentes) y ser capaz de pasar por muchos ciclos de carga-descarga sin degradación, podría finalmente convertirse en algo práctico.

Estas son varias de las soluciones que se están investigando en este campo a día de hoy:

  • Batería basada en las quinonas, en desarrollo por la Universidad de Harvard (EEUU): unas moléculas que les sirven para almacenar energía a plantas y animales, que puede convertirse en una solución barata y eficiente para almacenar la energía solar.
  • La petrolera británica BP ha anunciado la inversión de 20 millones de dólares en la empresa StoreDot, una startup israelí que afirma ofrecer carga de vehículos eléctricos de 5 minutos con una nueva generación de baterías de iones de litio.
  • Baterías de flujo, que permiten almacenar la energía en tanques fuera de la propia batería. Hasta ahora, esta manera de acumular energía se enfrentaba también a problemas de precio. Los componentes que sirven como electrolitos en este tipo de baterías líquidas solían ser metales escasos como el vanadio o requerían metales preciosos como el platino. En el trabajo que publican en Nature, los investigadores e ingenieros de Harvard buscaron unos componentes activos con las mismas capacidades, pero baratos y abundantes.

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