Vivimos en un mundo cuya actividad humana está provocando cambios en la atmósfera: Desde una concentración de CO2 más elevada, ya sobrepasando las 400 PPM en 2016, hasta niveles de contaminación alarmantes en las grandes urbes como Barcelona o Madrid. Las lluvias son cada vez más raras, pero más intensas (lluvias de carácter torrencial) provocando más daño que bien.

Cierto es que el clima de nuestro planeta ha cambiado desde siempre, pero lo ha hecho en periodos de tiempo mucho más largos (millones de años) de lo que lo hace ahora.

Mucho se ha hablado de las energías alternativas al carbón y del gas para generar electricidad baja en emisiones: Placas solares térmicas para el agua caliente sanitaria, energía solar fotovoltaica, aerogeneradores, hidroeléctrica, mareomotriz e incluso se ha hablado de su futuro almacenamiento en baterías para cubrir la demanda en ausencia de renovables. Del papel de la energía nuclear para hoy día sustituir a la generación fósil mientras no tenemos el almacenamiento de energía necesario, se ha hablado poco o nada.

Esto es debido a la idea preconcebida de que la energía nuclear forma parte de las energías “sucias” o incluso catalogadas como “fósil”. Nada más lejos de la realidad: Lo que sale de esas gigantes torres de refrigeración (que, pese al impacto visual, están para proteger el medioambiente) no es más que vapor de agua.

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El hecho de que se demonice cualquier suceso anormal en una central nuclear tampoco ayuda, como ya ocurrió en septiembre de 2016 con Vandellòs II: Una fuga de fosfato trisódico fue la portada del periódico local. Sin embargo, 1 mes antes hubo un incidente con contaminación radioactiva en un laboratorio de la Universidad de Barcelona. No hay información en periódico alguno. Lo sé porque el Consejo de Seguridad Nuclear hace públicos todos los incidentes en instalaciones radioactivas.

Se sabe que la energía nuclear no está exenta de riesgos al igual que el resto de industrias. Sin embargo, cabe mencionar que hasta el día de hoy todos los accidentes ocurridos han sucedido por negligencia (Chernóbil) o bien por cuestiones técnicas (Fukushima) cuando en pleno siglo XXI no es un desafío poner un muro anti tsunamis más alto o edificios estancos. Creo que a nadie se le pasaría por la cabeza abandonar la energía solar por culpa de una fuga de aceite. Sin embargo, como ciudadanos podemos (y deberíamos) exigir que se revise su seguridad.

El riesgo es algo muy subjetivo: Hay quienes no pueden poner un pie en un barco o avión porque creen que algo malo va a pasar. Lo mismo ocurre con el tema nuclear, con la diferencia de que aquí, como todo en este país, está radicalmente politizado. Por si con esto no basta, Los Simpson han hecho mucho daño: Y es que en las centrales nucleares trabajan profesionales: El 49,5% de los trabajadores disponen de titulación universitaria. Se apuesta por la formación continua de los trabajadores.

Esas personas saben lo que hacen, y si de verdad fuera tan peligroso, alejarían a sus familias y seres queridos de ella: ¡Todo lo contrario! Muchos querrían que sus hijos entren a trabajar.

Si queremos cumplir los acuerdos de París, y un acuerdo no escrito llamado “ética”, creo que es un error muy grave cerrar el parque nuclear antes de que su vida operacional termine solo por motivos políticos o ideológicos. Igual de grave es no sustituirlo para evitar que el carbón o el gas tomen su relevo. Alemania lo está haciendo y está reduciendo sus emisiones de CO2 muy lentamente, e incluso las ha subido algún año. (y ojo no lo haga también el año que viene).

Lo que no puede ser es que cerremos centrales eléctricas por un miedo infundado o por nuestra ideología.

Partidos ecologistas como el de Finlandia ya reconocen que la energía nuclear será esencial en el mix para descarbonizar a tiempo el sistema eléctrico, que es lo que llevamos diciendo los partidarios de esta tecnología y de las renovables. Atmósfera solo tenemos una, y o ponemos a trabajar renovables y nuclear juntas codo con codo o el cambio climático se nos vendrá encima.

Ahora bien, no nos engañemos: La nuclear es cara. Muy cara, de construir. Además de necesitar un margen político estable para asegurar las inversiones.

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Con la nueva generación de reactores hay un serio problema: No están estandarizados y se han construido muy pocos. La consecuencia directa de esto son los sobrecostes y retrasos. El caso más espantoso de todos: El EPR – European Pressurized Reactor-

El diseño se está construyendo en 4 sitios distintos:
Uno en Finlandia (Okiluoto-3) que lleva en construcción desde 2005, tenía que arrancar en 2009, y estando en 2017 aún no está conectado. Su conexión a red está prevista en 2018. La inversión inicial era de 3.700 millones de €, y ha terminado en 10.500 millones de €.
Otro en Francia (Flamanville-3) que tenía que costar 3.300 millones de € y ha acabado costando también 10.500 millones de €. Empezó su construcción en 2007, tenía que arrancar en 2012 y no arrancará hasta 2019.

En ambos casos los retrasos en la construcción fueron debidos a la mala suerte y a retrasos en la entrega de componentes clave. EDF ha aprendido la lección y ha hecho modificaciones en el EPR para que sea más barato y más rápido de construir.

Los otros dos se construyen en China (Taishan 1 y 2), que gracias a la experiencia obtenida en Francia y Finlandia van a la par que el reactor Finlandés pese a haber empezado su construcción en 2009 y 2010 respectivamente. En 2016 ya se hacían las pruebas en frío en Taishan I

Esto ya ocurrió en los 80 en Francia: Una central con reactores de la clase de 1500 MW, con 4 reactores empezados en distintos años, el 4o reactor terminó en casi en la mitad de tiempo (6 años) que el 1o de todos (13 años).

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Opino que el EPR es un caso aislado debido a su complejidad, tamaño y falta de experiencia. El resto de reactores, aunque no exentos de sobrecostes, no han tenido los problemas que el EPR ha presentado. La experiencia abaratará los costes de la nueva generación de reactores nucleares como cualquier tecnología nueva que aparece en el mercado.

Pese al alto coste inicial, cabe pensar que estas centrales están hechas para durar 60 años como mínimo, habiendo margen para rentabilizarlas. Son diseños más seguros que los actuales ya que sus sistemas son pasivos: funcionan gracias a las leyes físicas, como la gravedad, y sin intervención humana.

Creo firmemente que, si queremos desplazar los fósiles del sistema eléctrico y así contribuir a la reducción de gases de efecto invernadero, necesitaremos a la energía nuclear. Debido a la estacionalidad de las renovables y su producción horaria, es útil usar la energía nuclear como base generadora, flexible, y usar las renovables para cubrir los picos de demanda, que por ejemplo en verano coincide la producción FV con las horas de mayor insolación.

Ahora bien, la energía nuclear también genera unos residuos que han de gestionarse. Personalmente me disgusta que no reutilizemos el combustible en reactores reproductores (o con el reprocesamiento, a muy malas), ya que solo usamos entorno al 1% de la energía contenida en el Uranio. Pero prefiero no reciclar combustible nuclear usado y evitar los residuos de los combustibles fósiles se vierten a la atmósfera, ya que al menos los primeros los podemos confinar.

Como especie dominante en la Tierra, nuestra tecnología seguirá avanzando a pasos agigantados, a la par que nuestras comodidades. Existe una correlación entre el consumo de energía y la cantidad de personas que vivimos en el planeta, y está claro que cada vez somos más y vivimos mejor: Desde la lavadora, hasta el cepillo de dientes son elementos eléctricos que nos hacen la vida más fácil.

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El ahorro energético será una parte fundamental en el futuro, pero no creo que consiga siquiera mantener la demanda de energía: Siempre subirá.

Con lo que vengo a decir con todo esto es que necesitamos la energía nuclear para garantizar un futuro con el nivel de vida actual (o mayor) a medio y largo plazo. Deberíamos dejar de ver a la energía nuclear como algo ideológico, que o bien es de derechas o de izquierdas. Espero que en un futuro mi trabajo consista en hacer del mañana un mundo mejor basándome en hechos tecnológicos, y no ideológicos.

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